jueves, 19 de marzo de 2009

El buen hábito de la lectura cristiana (I)

"Trae, cuando vengas, el capote que dejé en Troas en casa de Carpo, y libros, mayormente los pergaminos". Ahí tenemos a Pablo, preso en Roma, en los últimos años de su vida y solicitando de Timoteo los libros, en especial los pergaminos. El Espíritu Santo ha querido dejarnos el ejemplo de Pablo para que también nosotros abundemos en el buen hábito de la lectura cristiana.


A lo largo de la historia podemos observar como los grandes santos, aquellos creyentes que se han distinguido por su celo y servicio a Dios, han sido hombres que han practicado el buen hábito de la lectura cristiana. Agustín de Hipona, Wyclieff, Lutero, Calvino, Knox, Baxter, Owen, Whitfield, Wesley...en todos ellos brilló siempre su amor a la lectura.


El reformador inglés Guillermo Tyndale, preso también por causa de la fe, escribió al final de sus días al gobernador de la prisión en los siguientes términos:
"Pero mayormente ruego y suplico a Su Clemencia que interceda ante el procurador para que tenga la bondad de permitirme mi Biblia hebrea, mi gramática hebrea y mi diccionario hebreo, para que pueda pasar el tiempo estudiando" (Carta encontrada del siglo XVI).
Tyndale ya no salió de esa prisión, se cumplió la sentencia contra él y fue estrangulado y después quemado por el fanatismo religioso de la época.


Es cierto que los reformadores convulsionaron la vida religiosa del siglo XVI; pero fue la lectura de la Biblia y de las obras (libros) de los reformadores las que despertaron y edificaron a los pueblos de Europa llevándolos a la cultura y a la fe. ¡Nunca calibraremos suficientemente bien lo que el invento de la imprenta supuso para el desarrollo de la Reforma y del cristianismo! A medida que los libros salían de la imprenta eran devorados.


Hoy día, triste es decirlo, los libros, la lectura, han pasado a un segundo plano en la vida de las personas en general y del creyente en particular. De ahí mi decisión a escribir esta serie de artículos sobre la necesidad de recobrar el buen hábito de lectura cristiana. Ninguno de nosotros llegará muy alto si no adoptamos este buen hábito.

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